19 jul. 2017

'Las monjas y la bandera' -Arturo Pérez-Reverte

Hace algunos años, en el canal de entrada de San Juan de Puerto Rico, frente a los castillos del Morro y San Cristóbal, me llamó la atención una enorme bandera española que alguien ondeaba en un edificio blanco próximo a la embocadura. «Son las monjas», dijo quien me acompañaba, que era mi amigo y editor en Puerto Rico Miguel Tapia. «Y eso es que está entrando un barco español.» No hablamos más en ese momento, pues estábamos ocupados en otras cosas; pero lo de la bandera y las monjas me picó la curiosidad. Así que después procuré enterarme bien del asunto, que resultó ser una bella historia de lealtades y nostalgias. Algo que realmente comenzó hace más de un siglo, el 16 de julio de 1898.

Aquel fue el año del desastre. Trece días antes, la escuadra del almirante Cervera, que había salido a combatir sin esperanza en el combate más estúpido y heroico de nuestra historia, había sido aniquilada en Santiago de Cuba por el abrumador poder naval norteamericano. Los buques de guerra yanquis bloqueaban la isla de Puerto Rico, impidiendo la llegada de refuerzos y suministros a las tropas cercadas. En esas circunstancias, el Antonio López, un moderno y rápido buque mercante que había salido de Cádiz con armas y pertrechos para la guarnición, recibió un telegrama con el texto: «Es Que Usted Haga Llegar Preciso El Cargamento Un Puerto Rico Aunque Sí Pierda El Barco». Veterano, disciplinado, profesional, con los aparejos en su sitio, el capitán del Antonio López, que se llamaba don Ginés Carreras, intentó burlar el bloqueo estadounidense. No lo consiguió. El 28 de junio, cuando navegando sin luces y pegado a la costa intentaba entrar en San Juan, fue localizado por el USS Yosemite, que lo cañoneó. El capitán Carreras logró escapar a medias, varando el barco en Ensenada Honda, cerca de la playa de Socorro, desde donde en los días siguientes intentó llevar a tierra cuanto podía salvarse del cargamento. Pero dos semanas más tarde, el USS New Orleans se acercó para dar el golpe de gracia, destrozándolo a cañonazos.

Fue entonces cuando se tejió la historia que les cuento. Bajo el bombardeo, un tripulante del Antonio López, que se había atado la bandera del barco a la cintura antes de echarse al agua para intentar ganar tierra a nado, llegó gravemente herido a la orilla. Nunca pudo averiguarse su nombre, pues murió en brazos de un puertorriqueño de los que acudieron a ayudar a los náufragos. «Que no la agarren», suplicó el marinero mientras moría, señalando la bandera. Y el puertorriqueño cumplió su palabra, quizá porque se llamaba Rocaforte y era de padres gallegos. Hombre supersticioso o religioso, y en cualquier caso hombre de bien, por no incumplir la demanda de un moribundo, la guardó en su casa durante años. Y al fin, un día, pensó en las monjas.

Eran españolas, de las Siervas de María, instaladas en la isla desde 1897. Atendían un hospital junto a la boca del puerto, y permanecieron allí después de la salida de España y la descarada apropiación de la isla por los Estados Unidos. Acabada la guerra, las hermanas, con la natural nostalgia, adoptaron la costumbre de saludar desde la galería del hospital, agitando sus pañuelos, cada vez que un barco de su lejana patria entraba o salía en el puerto. Eso dio a Rocaforte la idea de confiarles la bandera. Se presentó en el hospital, contó la historia a la madre superiora, y le entregó la enseña. Y desde entonces, cuando entraba o salía de San Juan un barco español, las monjas hacían ondear en la galería, en vez de pañuelos, la vieja bandera del barco perdido. Todavía lo hacen, un siglo después. 

De las veintisiete monjas que atienden hoy el hospital de las Siervas de María, ya sólo cinco son compatriotas nuestras. Pero cada vez que un barco español pasa frente al hospital, navegando lentamente por la canal de boyas, su capitán cumple el viejo ritual de dar tres toques de sirena y hacer ondear la bandera en respuesta al saludo de las monjas, que desde la galería agitan la suya. De haberlo sabido, aquel anónimo marinero del Antonio López que hace ciento doce años se arrojó al mar, intentando ganar la playa bajo el fuego norteamericano con la enseña de su barco atada a la cintura, estaría satisfecho. Me pregunto si quienes salieron a la calle tras el último partido del Mundial de Fútbol, llenándolo todo de colores rojo y amarillo, serían conscientes de que se trataba de la misma memoria y la misma bandera. Y de que, al ondearla con júbilo en calles y balcones, rendían también homenaje a tanta ingenua y pobre gente que, manipulada, engañada, manejada por los de siempre -«Aunque Sí Pierda El Barco», ordenaron los que diseñan banderas pero nunca mueren defendiéndolas-, cumplió honradamente con lo que creía eran su deber y su vergüenza torera. Y esto incluye a las monjas de San Juan.

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2 jul. 2017

La guerra de Cuba (1898): España vs. Estados Unidos

España contaba en 1898 con unos 18 millones de habitantes, en gran parte analfabetos y, mayoritariamente, dedicados a la agricultura; la industria era incipiente, las comunicaciones, escasas -y dependientes, en el caso del ferrocarril, de los ingenieros y suministros extranjeros-, y el sector servicios, insuficientemente desarrollado.

Por su parte, "Estados Unidos, el país con el que España iba a cruzar sus armas, contaba con 76 millones de habitantes, igualmente analfabetos, pero sí mejor formados para desempeñar trabajos en la industria y los servicios, a los que dedicaba más de la mitad de su población".

España no sólo carecía de una flota capaz de sostener un imperio en ultramar, sino de una filosofía naval para crearla y de una industria competitiva para construirla.

- España era un pequeño productor de hierro y carbón.
- Estados Unidos, el primer extractor del mundo de ambas materias primas.

- España producía 200.000 toneladas de acero/año.
- Estados Unidos, 10.640.000 toneladas de acero/año, primer productor mundial.

Entre 1880-1893 los astilleros españoles sólo botaron 40 buques mayores de 50 toneladas. Lo más desesperanzador era que entre ellos sólo había 2 de alguna importancia: una fragata de madera de 1.253 toneladas y un vapor de casco de hierro de 841 toneladas.

"La conclusión fue que durante la Restauración [1874-1931], y a pesar de los ambiciosos planes de construcción, España no llegó a tener la flota que hubiera necesitado."

No obstante, entre 1895-1898, España realizó el mayor esfuerzo militar jamás llevado a cabo por una potencia colonial. Los 220.285 soldados trasladados a Cuba en cuatro años constituyeron el mayor ejército que cruzara el Atlántico hasta la II Guerra Mundial (1939-1945).

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18 jun. 2017

'Tramas ocultas de la guerra del 98' -A. R. Rodríguez

Los españoles cometemos a menudo el error de analizar nuestro pasado desde una perspectiva puramente interna, sin comprender que existen factores internacionales que resultan decisivos para entenderlo.

Aunque en la amarga crisis del 98 y en su resultado, que tan largas y hondas secuelas han dejado en nuestra conciencia y cultura nacionales, siempre ha sido evidente el enemigo exterior y principal, los Estados Unidos, pocas veces se ha tenido en cuenta y valorado suficientemente el papel determinante en muchos y complejos aspectos de la potencia por entonces hegemónica en el terreno naval, colonial y comercial, Gran Bretaña y su entonces colosal imperio.

Y ello no solo en lo puramente diplomático, sino en cuestiones que van desde el suministro de tecnología naval y militar a uno y otro bando, el permiso o el veto a importantes operaciones realizadas o planeadas por ambos contendientes, o la cuestión de quien iba a ser el heredero del imperio colonial español, especialmente en el Pacífico, donde la amenaza japonesa era tan preocupante como creciente, por no hablar incluso de amenazas directas.

Estas realidades, muy notorias para los españoles de la época, pero luego normalmente relegadas a un muy segundo plano, explican de forma más clara y contundente que los enfoques tradicionales tanto el planteamiento de la contienda, como su desarrollo y desenlace.

El hecho fue que era una guerra imposible de ganar, y esto fue algo que pesó duramente en la conciencia de los políticos, diplomáticos y marinos españoles.

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11 jun. 2017

La batalla de las Lomas de San Juan (1898)

Afueras de Santiago de Cuba, 1 de julio 1898.

El asalto a las Lomas de San Juan fue, una vez iniciado el avance tras pasar los norteamericanos mucho tiempo bajo un intenso fuego enemigo, cuestión de relativamente poco tiempo.

A las 13:15h, el capitán John H. Parker desplegó sus ametralladoras Gatling junto al río y, un instante después, éstas empezaron a rociar de balas tanto las trincheras españolas como el blocao situado en las alturas.

Con los defensores aplastados por aquel fuego continuo, la infantería estadounidense se puso en pie por iniciativa propia e inició su avance en orden abierto, como lo estaban haciendo los soldados afroamericanos del 13.º y 24.º Reg. Infantería, éste último una unidad negra.

La Historia de las tropas afroamericanas en la Guerra Hispano-norteamericana es especialmente interesante, ya que formaron parte de todos los cuerpos que intervinieron en ella.

El Ejército regular contaba con 5.500 de ellos, una proporción importante, ya que estaba limitado a un máximo de 25.000 hombres, encuadrados en los regimientos de caballería 9.º y 10.º y en los de infantería 24.º y 25.º.

Se trataba de unidades totalmente segregadas, no sólo en relación a la tropa sino que también tenían campos de concentración y hospitales propios; aunque todos sus oficiales eran blancos.

Tras la guerra, el racismo se incrementó en muchos estados, por lo que gran parte de estos combatientes fueron olvidados a pesar de que cinco de ellos habían ganado la Medalla de Honor del Congreso, por el asalto a Kettle Hill y a los Altos de San Juan.

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10 jun. 2017

El marqués de Condorcet, el sabio revolucionario

Cuando en 1989, con ocasión del segundo centenario de la Revolución Francesa (1789), el presidente François Mitterrand quiso trasladar al Panteón de París los restos del gran sabio y revolucionario Marie Jean Antoine Nicolas de Caritat (1743-1794), más conocido como marqués de Condorcet, los operarios encargados de la faena se encontraron con que la fosa común del cementerio de Bourg-la-Reine, donde se suponía que se hallaban enterrados, estaba vacía.

Pero se ejecutó un traslado simbólico.

Condorcet apareció muerto el 29 de marzo 1794 en su celda de la prisión de dicho pueblo, apenas dos o tres días después de su detención. Tenía 50 años.

Se supone que se suicidó con veneno o que, tal vez, sufrió un accidente cerebrovascular.

Miembro y secretario de la Académie Française, diputado de la Asamblea Legislativa y de la Convención, revolucionario adscrito a los girondinos, la suerte de Condorcet se torció definitivamente cuando los jacobinos de Robespierre, en julio de 1793, iniciaron el periodo del Terror y ordenaron su detención.

Logró ocultarse durante casi nueve meses en una casa amiga, tiempo que dedicó a escribir su Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu, que publicada póstumamente -existe edición en español del Centro de Estudios Constitucionales- resultó ser una de sus grandes obras.

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